→ Vuelo subterráneo   Cuando por fin fuiste el resplandor, el fuego manando de mis manos, justo antes de convertirte en la visión robada de la noche, hundiste el cielo, el azul del cielo bajo mi vientre trizado como un ave degollada.   → Poción de medianoche Gota a gota remojaste mis labios, vertiendo agua viva de tu flauta. Todavía no tenías nombre, pero ya viajaba en tu mirada de ramajes oscuros, hasta secretos jardines sin retorno. Y a veces, abrazando una piedra te decía: ¿beso sabio o beso ardiente? Todavía no tenías nombre cuando te miraba, tallo nervioso bajo el clavel en llamas. Gota a gota tu ladrido me recorría como un instante de vana saciedad. Y ahora que ha pasado tanto tiempo, ávida de embriaguez, miro cómo se adormece la tarde. Sé que ya no podré resistir la emboscada final. Todo cae nada más empezar y todo es despertar.   → Amanecer en el desierto   No existía nada más vano que un instante de inmortalidad perdido. Amanece en el desierto y sigo mirando el resplandor de lo que todavía no he vivido. Tu entrega no hace más que disipar aquellas voces que desde muy lejos resuenan en la superficie como si jamás hubiese buscado tantas veces la soledad para hundirme mejor en tu imagen: tenues ecos que te desprenden el mundo. La sed recobrada en el instante que no acaba. No hay salvación para mí... Quisiera detener la inmortalidad de este amor, y aunque a veces lo consiga, ese aparente dominio no es más que un remolino que me precipita con violencia ante ti. Y cuando al fin me siento libre en medio de mi viaje solitario me pregunto: ¿a qué huele tu lecho por las mañanas? dime... tu silencio revela esa parte de mi salvación, nunca has desmentido ese detalle, ¿acaso no lo sabes? ¿o deberé vaciar mis sentidos por la noche eterna? Dime...   Contra todo lo que pudiera pensarse de una obra tempranamente iluminada por el breve ensueño de la vida, “Poción de medianoche” de Cecibel Ayala es una suerte de tratado sobre el amor, entendido, diría Bataille, como el anhelo de posesión del otro. En ese maremágnum del deseo, el yo poético femenino de este libro asume una franca batalla frente a la imposibilidad. Y, en realidad, se siente vencida ante ese hecho: “Viviré en la mortuoria fragancia / que sacude el verano, / palpitaré en los viscosos acordes / que picotean tu corazón, antes que sea demasiado tarde, siempre habrá una hoja / o una rama torcida / que cubra un secreto / al borde del barranco / como un espejismo vencido” (“Carroza ecuestre”).Santiago Vizcaíno, poeta ecuatoriano.