¡Es tan maravilloso vivir!a pesar de las tremendas colisionescontra lo más solitario y oscuro del corazóna pesar del transcurso vertiginosocomo de rayo que cruza por un espejovalió la pena existir Es este simple Adaggio, después de los experimentos formalistas, de las instrucciones de lectura, del ejercicio paciente de doblegar las estructuras, de someter el dolor a las formas más audaces de la palabra, es este simple adagio el modo más conveniente de recordar a Efraín Jara Idrovo. Imaginó furiosamente el nacimiento de la materia en las piedras eternas de las islas: la espuma marina sedimentando su liviana textura sobre la superficie rugosa en la que se originó su universo poético, la marea impersonal dando formas vivas a lo pétreo. Puso en ese instante interminable, en esa duración inaprensible, toda la fuerza de su deseo de ganarle a la sintaxis y al tiempo. Abrió como un racimo cada roca del archipiélago para dejar que el mundo viera sus colores, la misteriosa vida que se empecinaba desde ellas. Su poesía latía en esos elementos ajenos: el mar que no deja de golpear y la roca que muta en siglos y milenios. Ahí, en esa evidencia de lo pasajero que llevamos todos en cada palmo del cuerpo frente a un mundo eterno y proliferante, Jara Idrovo decidió fundar su profunda vitalidad pesimista, su obstinado canto a la vida que siempre se está terminando. Trasladó a la piedra el dolor de la carne cuando encaró en la escritura la muerte de su hijo, y así también devolvió al estatismo impensable que esa pérdida trae a cualquiera, la cadencia silenciosa y eterna de la marea, el anónimo aleteo de la golondrina: 22 parecías forjado con la tenacidad del arrecife23 farallón olvidado del tiempo24 indeclinable jabalina de albatros25 ¡pero fuiste aleteo de golondrina en el vendaval!26 imaginé disparándose tus huesos27 con la gracia tenaz de las columnas28 con la agresiva terquedad de las madréporas29 ¡pero fuiste apenas resplandeciente estertor30 del robalo aventado a las arenas!Afirmación de la vida en la experiencia brutal de la muerte y el sinsentido que ella trae al trayecto de mundo que nos toca. La roca es vida, duración de lo ajeno: lo humano es similar al «colibrí en el embudo del huracán», al «empeño de la mariposa en la tempestad». El hijo como muestra de todo lo humano, de la inapelable finitud de lo humano, es siempre en el Sollozo un aleteo, un vaivén, un eco que desaparece: pedroespuma, pedrohojarasca, pedroarena. El poeta que hizo nacer su universo poético de la continuidad irregular de la materia fue luego encontrando en esa misma continuidad el aliento de la muerte. La muerte es un recomienzo, la parte invisible del cuerpo que nos habita. Para Efraín Jara lo irremediable del hecho absurdo de que moriremos apuntala el pulso de los corazones, esa forma de aferrarse a la vida y al aliento que tienen los cuerpos, esa lucha con la extinción que es un fracaso que se posterga hasta el último aliento. Y la risa, ese gesto soberano que pone en suspenso la fatalidad: ética irónica ante la desaparición de todo, ante el paulatino desgaste de la vida que se presencia en vida, un movimiento voluntarioso para dar cuenta de que el instante ocurre aún, de que aún es experimentado.maniatado en el torrente de la duraciónasí te quise verviejo y roñoso amigo Efraínpiedra confundidaentre el estruendo de piedras de la desesperaciónPero ahí, en ese «almuerzo del solitario», la obstinación de la vida que ya no se mide en los grandes ciclos de comienzos y fines cósmicos, ya ni siquiera en el recomienzo de la materia, esa continuidad in-consciente con que soñaba su primera poesía, sino que se asienta, tranquila, en las imágenes detenidas después de la fiesta. La vida que agoniza en los ceniceros, en la mancha ominosa de vino sobre el mantel blanco, en la atmósfera amarillenta y densa de una casa en la que ronda el solitario. un hombre que al barajar las cartas el azar le impuso un nombre efraín jarase prepara para la final partida de dadosanfitrión solitario un tanto ebrio todavíacontempla a la madrugada los restos del ágapeceniceros repletos sillas derribadascopas rotas o a medio vaciar hay una ominosa mancha de vino en la blancura del mantel como desolladuraen la espalda adorable de una mujer La risa y el sexo, el recuerdo pertinaz de ese pulso radicalmente vital de la apertura del cuerpo en otros cuerpos, ese instante desolado e intenso que devuelve la vida a la conciencia cansada: dos raptos capitales en medio de la certeza de la muerte. Aunque sea añoranza, el sexo será siempre instante lateral, pasmo del tiempo que se agota, detenimiento del flujo melancólico de la vida. En la risa sobre propia condición y en la rememoración del goce de los cuerpos se congela el mundo: es un anacronismo de la existencia que se extrae de todas las sucesiones. Efraín Jara ha muerto. Ahora su poesía, que fue siempre la búsqueda empecinada de una forma de proliferar, queda para evocarnos la eterna pasión del regreso que tienen el mar y la roca, esas grafías indescifrables del mundo donde fundó la poderosa imaginería de su escritura.sabía que la muerte me puso el ojodesde la primera vez que pronuncié la palabra ausenciay que más que buscarle sentido a la vidahabía que furiosamente acrecentarlaasí con certeza con pasión con alegría. (I)