Sobre el libro Huellas en el agua, de Antonio Correa Losada Para el poeta a menudo el lenguaje es una red que atrapa cosas, formas en movimiento, emociones que surgen de ellas o que se posan en ellas, peces de la mente, insectos de la fantasía que no parecían llamados a durar, pero que la labor del observador detiene en su vuelo, inmoviliza y eterniza. Como suele pasar con las fotografías, lo que no vimos cuando el hecho ocurría puede ser advertido después, en el testimonio que la luz dejó sobre la placa: entonces descubrimos que detrás de la pareja que sonreía iban los tranvías doblando la esquina, que un pájaro se alzaba de una rama, que una nube parecía un barco en el horizonte. Hamlet le dice a Horacio, para sustentar la existencia del fantasma, que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que puede soñar nuestra filosofía. También podemos decir que hay más cosas ante los ojos que las que los ojos logran captar. Y la poesía de Antonio Correa es esa red que atrapa y fija esos momentos evanescentes de la metamorfosis del mundo. Huellas en el agua es el nombre adecuado para estos poemas, no solo porque nos habla de súbitos reflejos, de destellos de la luz en las cosas, y del milagro de las apariciones súbitas, sino también del modo como duran esas cosas en la memoria. Si alguien logró caminar sobre el agua, no habrá huellas que duren más, las huellas del milagro son más resistentes que lo que se escribe en la piedra o en el metal.                                                                                                                                   Años con esta sed Dice el poeta, y nos hace sentir la extrañeza de la condición humana, del deseo que siempre vuelve, del aguijón de la necesidad que sobrevive a todo lo que nos sacia. En algún momento nos informa que ha comenzado una nueva zona del zodíaco: Celebramos el nuevo año del gato y de la liebre   Pero añade a las iconografías de la cultura las bruscas comprobaciones de la experiencia: El año pasa rápido, Como zarpazo de felino.   Antonio Correa Losada tiene ese arte como oriental del calígrafo que concentra su energía y de repente la libera en un trazo tan eficaz y condensado como un ideograma: ¿Dónde están lapidando al insomne?   Nos dice, y sentimos y de verdad la tortura de piedras invisibles, los cantos del reloj, los golpes del metal sobre algo inerme. Esa continua comprobación del carácter agonista de la realidad, de sus luchas sin tregua, de sus accidentes y sus sobresaltos, es también una manera de confirmar el milagro de la vida, la sucesión ininterrumpida de cosas que florecen y se marchitan, de luces que se encienden y se eclipsan, de realidades que afloran y se hunden. Se diría que una tensa vigilancia de las mutaciones del mundo y una aceptación valiente de sus leyes cumple aquí el papel de las viejas mitologías: enseñarnos a aceptar lo inevitable del auge y de la decadencia, del esplendor y de la catástrofe. Contra toda ilusión de una vitalidad perdurable, contra el deseo cobarde de una realidad sin sobresaltos, el poeta deja que fluya el río cambiante de Heráclito, y pesca en sus ondas belleza y horror. Así ocurre en este poema que tiene el nombre de un verso de Quasimodo: De Pronto Oscurece   En su opresiva humedad La piel rancia del pescado Inunda la desolación Del medio día   Un ave lima La rumiante mordida Del que come   Salta la sombra inútil Y la lancha avanza Muda por el río   Alguien pasa golpeado Por los troncos   Un olor vegetal nos abandona En su vasa tiranía   Hay poemas que transcurren todos en la alcoba sellada del alma, donde ocurren cosas lóbregas, como alternando formas de Poe y de Kafka:  Solo cuervo en dintel miro que bajas Vestal llegando coronada de insecto   Y las palabras dan testimonio de las rutinas negras del tiempo: Oscuro proceder de ser negado Mirador de aquelarre de la vida   Donde el placer es a la vez evasivo, insistente e inevitable: Mariposa Tu sexo choca torpe Avasallante Y no tiene ventana la pieza de mi hotel   Este es un arte que sabe describir con nitidez y con belleza realidades muy complejas: Ante innombrable gente que vive bajo el agua En el rojo tenaz de la demencia   Que nos hace sentir con facilidad la consubstancialidad de los seres: Y se renueva el gozo Como gato erizado por el roce   Y que a veces enuncia la sospecha de que hasta la vaguedad de las cosas es voluntaria, de que no es un accidente: Todo sucede Con segura y buscada imprecisión   Esta es la manera como nos hace sentir la lucha del desorden moderno con los equilibrios del mundo clásico: Junto a una catedral con música He construido ruidos que ensordecen   Yo celebro estos poemas perspicaces, reveladores y estimulantes, en los que el lenguaje no es nunca inocente, donde todo se ha gestado largamente, y se ha fermentado y se ha destilado en licores densos y finos: De volcanes dormidos   Cenizas cubren el corazón La nieve el amor Resbalan en monedas mordidas Por el arrepentimiento de mi boca Su limo endurecido Envuelve mi sexo   Mujeres por la calle desierta Tejen a su paso una cuerda de orugas   Desnudo bajo el abrigo Martillo las tablas de un cajón   Terrones caen y golpean Uno tras otro La cabeza impasible del deseo   Inútil ejercicio de ofrendas Y palabras   Cenizas   Mares de agujas Asfixian mis pulmones   El aire con crueldad Empuja la mano que asesina   Aquí los “volcanes dormidos” son las pasiones guardadas, los sentimientos acallados, el cuerpo contrariado, las pesadillas, la muerte que nos trabaja día a día, el modo como combatimos nuestros impulsos, y todas esas cosas guardadas y sepultadas en ceniza al final producen sus efectos sobre la realidad como si fueran ya fenómenos de la naturaleza.   Mágicamente somos víctimas de eso que el poeta llama: Toda esa fácil peste de los sueños   Pero esa enfermedad no siempre es maligna, a veces nos ayuda a descubrir lo esencial: Iguanas extienden un sueño verde Y desaparecen   Dice de pronto el poeta. Y ¿quién no ha sentido ese esplendor casi onírico de unas criaturas que cuando están quietas parecen eternas y cuando se mueven ya no existen? He venido a celebrar estas Huellas en el agua, de Antonio Correa, y al caminante que paseando por ciudades rodantes, en donde todo es inestable, ha sabido dejar huellas que permanecen sobre una superficie que escapa.   →Huellas en el agua es el nombre adecuado para estos poemas, no sólo porque nos habla de súbitos reflejos, de destellos de la luz en las cosas, y del milagro de las apariciones súbitas, sino también del modo como duran esas cosas en la memoria. Si alguien logró caminar sobre el agua, no habrá huellas que duren más...