Construcciones de identidades: personales, institucionales, comunitarias, políticas y nacionales

La identidades personales, familiares, institucionales, barriales, ciudadanas, comunitarias, provinciales, regionales, culturales, políticas, nacionales, andina, sudamericana, caribeña, latinoamericana, etc. son procesos inacabados, en construcción, que se construyen de formas conscientes e inconscientes, sometidos a presiones externas e internas, en interacciones múltiples que configuran una personalidad e identidad cultural en un momento histórico determinado. No se es para siempre. Todo cambia, a velocidades diferentes. Existen momentos que parecen eternos, como si nada cambiara y, sin embargo, terminan cambiando. En lo personal, cultural y político existen dos creencias equivocadas.

La primera considera que las personas e instituciones deben  conservarse, no deben cambiar y se convierten en conservadores. Creen que debe mantenerse el statu quo, los prejuicios, mitos y creencias que detienen, que como lazos invisibles aprisionan a personas e instituciones. Se da el absurdo de conservar lo anacrónico, lo superado. El segundo error es creer que se debe cambiar todo en una persona e institución como si no tuvieran algún valor, como si nada sirviera. Así eliminan todos los materiales, instrumentos, tecnologías y personas, sin importar que todavía funcionan, aportan. Sucede cuando prefieren demoler un edificio que todavía tiene vida útil, deforestar donde existe una importante flora y fauna para sembrar un monocultivo o jubilar  personas con muy buen nivel de competencia, porque han cumplido 65 o 70 años. El conservar o cambiar son dos decisiones equivocadas, es un falso dilema, una situación unilateral, maniqueísta, el creer que debe ser lo uno o lo otro.

Considero que en la construcción de una madura y eficiente identidad deben darse simultáneamente cuatro operaciones o tareas: conservar, cambiar, incorporar e innovar o crear. En las personas e instituciones deben conservarse los valores, tecnologías, saberes y conocimientos antiguos que se encuentran vivos, lo que ha sobrevivido, trascendido el paso del tiempo. Conocimientos médicos comprobados que tienen miles y cientos de años, como por ejemplo la acupuntura, sabidurías y arte de vivir de muchos años que han demostrado su valor y lo mismo podemos decir de tecnologías como la rueda, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, etc.

Se debe cambiar, eliminar, borrar las aberraciones culturales, prejuicios, conductas y disposiciones educativas, culturales, económicas y políticas que atenten contra el desarrollo personal, los derechos humanos, el medio ambiente, los derechos políticos, el buen vivir y la felicidad. Se debe criticar, tomar conciencia y cambiar creencias perjudiciales que son aceptadas como naturales, normales  y que constituyen un verdadero genocidio, como son los casos de considerar ‘normales’ el analfabetismo, la marginación social, el no reconocer a las asignaturas aprobadas en la educación básica y el bachillerato, el mal llamado libre mercado, que los más ricos no paguen impuestos para que creen puestos de trabajo, el machismo, etc.

Se debe incorporar los valores, conocimientos y tecnologías que tienen otras personas, comunidades y países y que no tenemos nosotros y que se injerten a nuestras cualidades personales e institucionales. Además de lo anterior, hay que innovar y crear, aportando a los demás nuestro sello personal junto a lo que hemos recibido de los otros.

En esa forma cada persona, institución, comunidad y país, como diría José Martí, debe hacer “una síntesis viviente de los valores trascendentales de la humanidad”, donde las raíces y el tronco deben ser nuestros, a los cuales injertamos los mejores valores de los demás. En esa forma seremos siempre nosotros mismos y a la vez robustecidos por los abonos y nutrientes procedentes de cualquier parte que fortalezcan nuestros cuerpos, cerebros, tierras e instituciones. (O)