Resulta difícil acercarse a la literatura, a la poesía de alguien que se ha mantenido, en cierta forma, al margen del mundo literario. De alguien que, abstraído en su obra, se ha dedicado a perfeccionar su estilo, a leer pacientemente, a indagar en su propia voz. Este es el caso del poeta chileno Edgardo Anzieta (Chillán, 1954), quien trabajó paciente y pausado, constante y casi en silencio, por casi 40 años, al margen —si es posible pensar en una frontera en nuestros días— casi del panorama editorial chileno, pues sus ideas, su ideología, lo mantuvo firme en la convicción de no publicar bajo las reglas de la dictadura en su país. El régimen militar en Chile (1973-1989) mantuvo una férrea censura en el arte, y cuando se abrieron programas y facilidades para la difusión de textos, Anzieta se negó a publicar, para no transigir, para no dar un pie atrás en el acto de negación frente a lo que consideraba como un ambiente oscuro sobre su tierra. Esta postura política no solo se traduce en la vida diaria, sino que Anzieta la ha llevado a su poesía, sin entrar en el panfletarismo, pero sí incursionando en lo que él ha llamado lirismo histórico. En Ecuador pasó una larga temporada, en aquellos años oscuros, y por eso, en esta nueva visita al país, la emoción le ganó unas cuantas veces durante su intervención en la Flacso. Así lo demostró con la lectura de su primer poema en esa tarde: El poeta conversa con su amigo Juan Ortiz sobre el esplendor de la I Guerra Mundial en tanto suena el espectro de Georges Brassens Yo creo en esa guerra esos muertos son indestructibles este respeto tenemos muchachos lindos bajo la hierba ningún muerto es ridículo cuesta reírse el olvido es lento y tenaz esas cruces blancas como mármol el objeto de la vida es más valioso muertos deslizados hacia el interior contorsionistas rotos luces blancas y luminosas aviso, advertencia gran propaganda poética se yerguen como instantáneos seres simétricos linda palidez permanente por un rato nadie cree en esta paz de las hierbas no obstante debajo hay consecuencias la estructura del muerto es compleja en su persistencia ácida pura incredibilidad nuestra a nivel de las moléculas este es un diálogo entre sordos y ciegos. Yo encuentro todo eso hermoso accidentes forjando poesía dulces guarniciones del Parnaso Parecen hombres equivalen a muchachitos lindos de barrio vigías sin ojos a parte alguna y esta superioridad de respirar que esto de la vida es más valioso. De Cuaderno del siglo que vendrá Pero su relación con la tierra y el hombre, dentro de un proceso histórico y poético, no solo se limita a su tierra y a nuestro país. Edgardo Anzieta trata de establecer nexos, quizá, revivir los ya existentes, con los habitantes de toda Latinoamérica: América Latina con César Vallejo dentro Adiós, pequeñuelos, que yo quise tanto adiós portales del Ecuador nevados altos mendigos que pidieron mucho a Dios cumbres que llovieron harto, hasta siempre, hasta la victoria, grandes humedecidos triunfo total, ríos del Incario dominio en el sereno hasta siempre, queridas pircas que vuelven amables caprinos tiernos gloria total, maíz que flameaste siempre en un tris gloria suma, rezo íntimo, estremecida piel para los muertos y su independencia cívica adiós, tiernos estados hasta nunca, crueles estados, haciendas perdón, sol libertario hasta siempre, las plumas cárdenas, los destellos azules, el graznido que significaba todo hasta siempre, compañeros, pueblo estremecidas instituciones en deuda dañinas, perniciosas, risibles democracias de trapo y percán hasta la muerte, sensibles que significaban huesos hasta el triunfo, habitante corvado, servil, productivo negritud rotunda, transpirada, viajada con dedo pulgar oponible, antonomasia humana adiós, luz que te esperé demasiado razón, ilustración, astucia ciencia doméstica a mi nivel de la carne del hierro clavado en mi pared de mi aguda sangre de Edad Media que resbala hasta renuncia, Cristo que enterró a Jesús adiós, onagro que persiste en su deriva Palestina nuestra de cada agonía hojas de la Biblia fumadas una a una gran descreimiento apostasía paredes que se derrumban hecatombe me despido de mí mismo con mi anatema frontal por mi señal excluida por mi vieja clandestinidad chilena adiós al personalidad que fuiste bueno por miedo a lo excesivo todo tenso, todo alerta, tan chileno hasta la victoria nunca hasta la derrota siempre quiero decir que también se me murió. Es un hombre que después del horror cree que hay que darle curso a la esperanza, pues el dolor, de cierta forma, la contiene. Así también cree que la fe debe estar curada por el dolor. El resultado de esto es necesario. Durante los años de la dictadura, es sabido, muchos hombres y mujeres desaparecieron, fueron asesinados, y Edgardo Anzieta se salvó. Para él, la condición de ‘superviviente’ no implica que sea un héroe. No se siente tal y lo ha remarcado en varias ocasiones. Héroes son los que cayeron. Así, uno de sus poemas más emotivos, que —de hecho— consigue emocionarlo a él en público, tantos años después, fue dedicado a su amigo Patricio Sobarzo, muerto en esa época, del que extraemos los siguientes versos: Pienso tristemente y pienso con hilo estremecido prolongación de la sangre, ceremonias de especie, gozos sin palabras que caen de agotadas madres que han perdido sus cachorros. Sí, no es un héroe, pero sí un poeta, alguien que se ha dedicado a mirar más allá de la tragedia y la sangre. Conversar con él, para despejar ciertas dudas, completa el perfil que de él hacemos, siempre con la consigna de que no quiere figurar él, sino mostrar su arte. Ahora que lo he escuchado y podemos conversar, ¿cómo ha logrado conjugar el arte con la política? De un modo u otro, todo artista trata de hacerlo, de forma consciente o inconscientemente. Dados la situación y el medio en que yo crecí, la historia tocó nuestra puerta, pero también la intimidad se negó a ser derrotada por la historia. Por eso hablo de lirismo histórico. Es la sección de lo humano que tiene que ver con los sentimientos más íntimos que se niegan a ser guardados o destrozados. Si he logrado conjugar eso, ya sería algo grandioso._Pero lo que yo más quería es que el arte saliera ganando. No he querido hacer una poesía política, pero sí he querido destacar que los procesos históricos influyen en los seres humanos. Pero lo que le queda a uno al final es el pellejo, y desde ahí resistimos hasta los peores embates. ¿Es entonces la poesía un agente social que de cierta manera resulta balsámica para las circunstancias? Por supuesto. Primero, la poesía es una forma de conocimiento, pero también es una forma de hacer. Cuando conocemos, reparamos mucho, y cuando hacemos, lo mismo. Si bien la palabra ‘balsámica’ tiene que ver con una larga prosapia, pues sí, el arte es una sanación. Con respecto a algunos textos suyos, antiguos, de poesía precaria, notaba ciertas reiteraciones. ¿Cuál es la intención? Por ejemplo, en el poema que le dedico a Pablo de Rokha, no hay una reiteración, sino que deslizo ideas. Padre maestro nuestro que estás en TODOS los poemas en todos los huesos de los poemas: de tus huesos, de UN tu hueso hago una flauta antigua hago una melodía de gritos; saqueo tu tumba, tu tumba desconocida saqueo impunemente tu tumba. Por supuesto, el padre es Pablo de Rokha, repito la idea de Gonzalo Rojas, “el átomo de todos”._Toda la poesía chilena ha sido construida con la base en De Rokha. Yo me digo a mí mismo ‘saqueador’, pues confieso que mi poesía se ha aprovechado de la obra, pero este es un homenaje. Muchos se callan que aprendieron a escribir leyendo, pero yo no, yo no tengo complejos al decirlo. Allá existe el complejo de borrar las huellas. De los cuatro poetas fundacionales de la poesía chilena, que ha mencionado en su disertación previa —Mistral, Neruda, Huidobro, De Rokha—, ¿sería este último su influencia directa? No es tan así, pero tampoco tan lejano. Creo que me apego a la tradición. Lo que ocurre es que hice un libro para De Rokha porque es el más desconocido de los nuestros, o lo era. Antes de partir a leer algo extranjero, yo partí por mi tierra, por estos cuatro, y no solo en poesía, sino también en prosa. Lo que hicimos con De Rokha fue un acto de justicia, porque desde los años 22 hasta el 94, en que se editó el libro, hubo solo una edición, y desde el homenaje. Imagínese la repercusión. Gonzalo de Rojas escribió un texto sobre De Rokha y lo comparó con Vallejo. Todos los poetas de Chile pasaron por Los gemidos, y de ahí partieron a su propia escritura. Con sus contemporáneos, ¿tiene contacto? A pesar de que ha dicho que se negó a publicar en la época de la dictadura. A través de la lectura, más que del contacto. Por la dictadura quedé muy aislado. Creo que soy un animal colectivo, pero soy renuente a juntarme con el animal literario, le tengo cierta renuencia. Claro, podría nombrar a poetas más jóvenes como_Roberto Aedo y Manuel Araneda con quienes me siento afín. Entonces se alimenta de la lectura. Claro. De Eduardo Llanos, por ejemplo, pero no podemos encontrarnos por la distancia. Nos leemos con interés. Durante la dictadura hubo represión y condiciones para la publicación. Luego del regreso a la democracia, ¿cómo cree que quedó la situación de la poesía en Chile? Lo que menos quiere uno es “pisar callos y dispararse a los pies propios”. Pero la configuración del mundo actual hace que sean malos tiempos para la poesía, pero siempre han sido malos tiempos para la poesía. Desaparecieron los apoyos institucionales —partidos, por ejemplo— y resulta que los libros tienen que ser financiados, son caros. Este (Antología del pan más blanco), es el primero que me financian completamente, pero ese drama no es solo mío, sino creo que es el de todos. Hay concursos y becas, pero son cuestiones complejas para mí porque no soy un hombre de instituciones. Tampoco soy un héroe, ya lo he dicho, los héroes quedaron en aquella época. Estas publicaciones son tramposas, porque te publican una vez y luego nunca más. A mí lo que me interesa es la continuidad de la obra por sí misma. Porque lo que no tiene continuidad, no tiene realidad.