La restauración conservadora
Cuando a inicios del siglo XXI se dieron en Sudamérica procesos que llevaron al poder a gobiernos progresistas: Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, Mujica en Uruguay, Correa en Ecuador, Bachelet en Chile, una corriente de optimismo recorrió la región repercutiendo a nivel internacional. El ‘cambio de época’ fue la respuesta popular que invalidaba las profecías del desastre, las que a partir de la desaparición de la Unión Soviética y el desplome de los regímenes del llamado socialismo real, proclamaban en foros y plazas el fin de la utopía y la conveniencia de adaptarse al capitalismo como único camino posible.
Las fuerzas de la reacción quedaron momentáneamente aturdidas. Desde los centros de poder mundial, no se podía comprender el, para ellos, súbito florecimiento de procesos democráticos que retomaron las viejas banderas y canciones, planteando tesis remozadas que correspondían al nuevo momento histórico. Pero el estupor duró poco: pronto pusieron en marcha sus mayores y más eficaces recursos a fin de revertir la situación.
La estrategia utilizada fue múltiple, partiendo del apoyo a los sectores reaccionarios de cada país. Se procuró apoyo económico a través de ONG, cuya misión principal consistía en captar a ciertos intelectuales que anteriormente mantuvieron posiciones críticas frente al sistema. Lograron en muchos casos ‘convertir’ a docentes, escritores y actores políticos en feroces opositores a los nuevos gobiernos. En algunos países tal gestión se amplió a sectores poblacionales y laborales, aprovechando las veleidades y ambiciones de ciertos dirigentes. En muchos de esos casos se estimuló la vanidad y soberbia de quienes se oponían, fundamentalmente por no estar ellos en la dirección de los nuevos procesos.
En cada país utilizaron los mecanismos adecuados: provocar violencia a través de revueltas, escasez, rumores, contando siempre con el mayor soporte de la época: medios de comunicación convertidos en actores políticos que maximizaban los problemas y ocultaban los éxitos. Todo lo anterior en una acción concertada y dirigida desde el imperio, cuyas playas acogieron a ‘disidentes’ que encontraron allá el espacio para vivir en forma cómoda, mientras agredían a sus patrias y a los procesos que en ellas se realizaban.
El objetivo final era volver a etapas en las cuales las élites cómplices gobernaban en favor de sus intereses y de los foráneos que representaban. Hoy asistimos a un sinceramiento de los grupos reaccionarios: quieren seguir el camino que les ha dado un éxito momentáneo en Venezuela y Argentina. Por eso las reuniones en las que a nombre de la democracia y su retorno no tienen reparo, la derecha militante y grupos que se llaman de izquierda, en compartir escenarios y propuestas.
La respuesta solo puede ser la acción de todos los que se sientan comprometidos con los cambios: los que gobiernan y los que, militando o no, aquilatan la dimensión del proyecto liberador. Es la hora de la marcha unida y organizada para defender lo que esforzadamente nuestro pueblo está construyendo. (O)