Ecuador / Lunes, 19 Enero 2026

La droga como problema del Buen Vivir de todos(5)

Con fecha 12-11-17, en este mismo diario, con el título: ‘La adolescencia, la juventud y las drogas: problema de todos (4)’, examiné el tema de las drogas con relación a los padres y, por su importancia, considero que existe un punto que no tuvo la atención debida.

Existe un falso dilema entre el calor afectivo y la frialdad intelectual, el actuar por propia cuenta o previamente requerir del permiso de los padres, entre la libertad y la prohibición de manifestarse de parte de los hijos, entre la confianza total o la desconfianza, lo que conduce a conductas equívocas, rupturas, resentimientos, celos, envidias y desvíos hacia las adicciones, las drogas y la delincuencia.

Los ciudadanos en general, los profesores en particular y los padres en especial, que participan en la educación de las nuevas generaciones, requieren tener una clara conciencia que exige mucho amor y también ser capaces de corregir. No existe educación sin corrección, salvo que los niños y adolescentes sean perfectos, que puedan actuar con gran sabiduría y no equivocarse nunca. El gran psicólogo y psiquiatra austriaco Bruno Bethelhein escribió un libro llamado No existen padres perfectos. También podemos decir que no existen hijos perfectos. La educación requiere amor, guía, orientación, apoyo, disciplina, perseverancia, control, correcciones y prohibiciones, cuando se considera que puede hacer daño  a la salud integral de los hijos y alumnos. También escribió el libro Con el amor no basta, no es suficiente el amor, el querer mucho a los hijos no quiere decir que se debe aceptar los errores y horrores que ellos pueden proponer y hacer. El exceso de prohibiciones, muchas veces innecesarias, es perjudicial al desarrollo del hijo y a la relación con los adultos, porque produce resentimientos y creencias de injusticia. Peor, mucho peor, es el exceso de permisividad, el siempre decir sí (así sea que soliciten una barbaridad), el no corregir a tiempo, el permitir una conducta equivocada conscientemente y no tener la fuerza de carácter para decir no. Un error grave de los padres es confiar totalmente, ciegamente en los hijos, sean estos niños, adolescentes o jóvenes, sin que se realice un seguimiento y control periódico; no solo es una expresión de amor, sino que todo proceso sistémico requiere control en el proceso formativo para realizar correcciones a tiempo. Cuando se da permiso, sin un seguimiento  periódico, se producen resultados desagradables: no saben que sus hijos andan con pésimas compañías, con compañeros que consumen drogas, que sus hijos también consumen drogas. Al trabajar en exceso, no se han dado cuenta de qué se encuentran haciendo sus hijos. Cuando tardíamente  descubren los problemas de los hijos, recién toman conciencia de que el tiempo con ellos no lo reemplaza el dinero.

No se trata de escoger entre la disciplina o el amor o entre la libertad y la prohibición, ni tampoco entre el punto medio entre los dos extremos o polos. De lo que se trata es de permitir o autorizar en algún momento una conducta y en otro momento otra. El disgustarse en un momento no es malo, si lo merece; el disgustarse siempre creo que no está bien o se está equivocado. Educar bien es como sembrar bien, requiere un buen terreno, buena agua, buenos fertilizantes y también podar las ramas torcidas, enderezar la planta y vigilarla hasta cosechar sus frutos. El mal sembrador solamente tira la semilla y se olvida de la planta. El hijo malcriado es producto de padres inconscientes e irresponsables que no se dieron cuenta de que ellos lo malcriaron y que contribuyen a sus conductas desviadas, entre ellas, a las adicciones y las drogas.