El jazz, un ejercicio de libertad
Este fin de semana se inicia el festival de jazz que cada año organiza la Fundación Teatro Nacional Sucre. Un festival que vale la pena; contundente, bien estructurado y con grandes grupos, músicos y cantantes. El jazz es un género que, en Ecuador (sobre todo en Quito), tiene mucha tradición, con grandes cultores y un público entendido y fiel.
La presencia en Quito de músicos de calidad permite generar un espacio y una oportunidad para acercar al público a propuestas diferentes e innovadoras. Contar con músicos de la calidad de Cassandra Wilson y Charles Bradley, de Estados Unidos; y Joss Stone, de Inglaterra (por solo citar a tres) es de lujo. Pero, además, nuestros músicos tienen la posibilidad de acceder a verdaderos artistas que seguro serán un gran aporte para su oficio, su técnica y su mirada innovadora. A partir de este conocimiento cercano y generoso, nuestros músicos pueden crecer y atreverse.
Como sabemos, en general nuestros escenarios se llenan de ‘artistas’ mediocres que en nada aportan a nuestros músicos y peor a nuestro público. Por el contrario, sigue imperando un nefasto círculo vicioso que solo alcanza para llenarnos de nostalgia, si no basta ver los grupos y solistas que, por el día del amor y por el carnaval, llegaron a nuestras ciudades. Los empresarios, con contadas excepciones, no asumen su responsabilidad social y cultural. Solo miran que el negocio sea rentable. No les interesa que los nuevos grupos que surgen en el mundo y son un ‘éxito’, por ejemplo, sean conocidos en Ecuador; nunca van más allá de las baladas de toda la vida, pop barato, reggaetón ofensivo, y ni se diga de la tecnocumbia. Y se ufanan en hacernos creer que “eso es lo que le gusta a la gente”. Falso; si esa música le ofertamos durante años, esa es la música que demandará. Por ello, es imperiosa la necesidad de proponer otras músicas, otras voces, otros acentos: los que hoy están vigentes en el mundo. Y ya basta de tanta tarima política y tarima televisiva en donde solo se propone música basura complementada con escotes y minifaldas.
Por todo esto, este festival es un gran ejemplo a seguir, tiene una programación bien elaborada que permite compartir a un artista nacional con un artista internacional, en las mismas condiciones técnicas y con el mismo trato. Como debe ser. Pero -además- su programación incluye un ciclo de cine, exposiciones de fotografía, y la apertura a otros espacios para que músicos y público puedan compartir en un ambiente más cercano a informal.
Pero quizá lo más perdurable está en las charlas magistrales, los talleres y en una nueva propuesta para este año: el primer encuentro internacional de periodistas culturales especializados en música. Este espacio permitirá contar con nuevas herramientas para el ejercicio diario de periodismo, para la crítica especializada, para el marketing, para la construcción y formación de nuevos públicos y de una identidad urbana.
Al mismo tiempo, esos críticos internacionales podrán acercarse a los grupos nacionales y a futuro, ojalá, convertirse en promotores de nuestra música.
La respuesta del público ha sido decidora. En pocos días se agotaron las entradas para varios días del festival. Y el resto, lo disfrutará desde la Plaza del Teatro, que se vestirá de buena música durante un par de semanas. Y no olvidemos que, como bien decía George Gershwin, en cierto modo, la vida es como el jazz… es mejor cuando improvisas.